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Disraelí E. Ángel Cifuentes

Pero el viento era muy fuerte y aquel papalote, como también le llaman, estaba sufriendo los estragos de tal ventarrón.

¡Cómo se estremecía aquel pedazo de papel! «El papalote cae, cae, cae, cae», hubiera dicho Silvio Rodríguez aquella vez.

Y, en verdad, esos eran mis deseos, que se cayera y llegara a mis pies.

En mi pueblo natal, Emiliano Zapata, un ejido de lindo nombre, municipio de Bella Vista, Chiapas, habían dos clases sociales: los Sánchez y los demás. Yo pertenecía a los demás.

Yo no tenía un barrilete, nunca había tenido uno y me carcomía la envidia. Ahora de viejo puedo decirlo también:  la frustración me comía.

De hecho el pueblito estaba dividido geográficamente en dos partes: de aquel lado y de este lado del río. Los Sánchez vivían allá.

Pero si la fe mueve montañas, el deseo de un niño pobre también; el viento azotó con mayor fuerza y el hilo de aquel barrilete se rompió.

De pronto el «cae, cae, cae, cae» de la canción del embajador de la poesía cubana se hizo realidad, el papalote se estremeció más, su cola se enrolló y el pedazo de papel se vino hacia acá, hacia donde estaba yo.

No todo sería color de rosa, porque de pronto el hilo se enredó escasos segundos en algún árbol y comenzó a subir, pero, oh poderoso deseo de niño pobre, el barrilete se volvió a estremecer sólo para finalmente dirigir su vuelo hasta mí.

Claro, mientras yo me estremecía de dicha de este lado, del lado de los pobres, allá un Sánchez seguro estaba sufriendo y quizá hasta llorando, pero es mejor ver llorar que hacerlo y corrí a agarrar el que sería mi primer barrilete.

Cuidadosamente lo tomé, lo enrollé y metí a mi casa, bastante silenciosa en ese momento.

Más tardé en esconderlo. 

Ellos habían visto todo, sin duda persiguieron al barrilete con la vista y se enteraron quién había sido el afortunado niño que lo recibió en brazos.

Unos chamacos llegaron hasta mi puerta a llamarme por mi nombre y a pedirme el barrilete. Eran los Sánchez.

-Dámelo.

-No.

-Es mío.

-No sé.

-Ándale, dámelo, o le diré a tu papá.

Y en las dudas estaba cuando uno de los chamacos, llamado «Fili», con voz conciliadora y hasta dulce se me acercó y dijo:

No es cualquier cosa escuchar la amenaza de «le diré a tu papá» y comencé a dudar.

«Dáselo,  Evánder y, mira, te voy a dar un pedazote de hilo desde aquí hasta ahí donde estás parado». 

Recorrí el tramo de hilo (el mismo que se usa para cocer ropa),  a lo sumo eran como seis metros, y acepté. 

Entonces tomé la punta del hilo, caminé hasta donde se había dicho, el «Fili» cortó el hilo, lo enrollé en un palito y lo guardé.

Mi primer barrilete ya no fue el primero, llegó del cielo y regresó a los Sánchez. Yo sólo me quedé con un pedazo de hilo. Fsur.

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