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Una excelente opción para estas vacaciones

Disraelí E. Ángel Cifuentes

Las Margaritas, Chiapas. – A 90 kilómetros de Comitán, por la carretera fronteriza del sur, en el municipio de Las Margaritas, están las “Cascadas de Nuevo San Juan Chamula”.

Vírgenes aún, porque el turista no llega allá, no las visita, no sabe de ellas.

Y es que, realmente, están escondidas. Desde la carretera, 5 kilómetros antes de llegar al ejido Nuevo San Juan Chamula, existe un mirador, donde se pueden contemplar cuatro imponentes cerros y, hasta abajo, en el fondo, a unos mil metros de altura, el Río Santo Domingo con sus múltiples colores.

La travesía…

Bajar hasta allá implica buscar un camino rústico y comenzar un descenso a ratos peligroso, pero emocionante.

Es una fuerte pendiente, caminando en medio de la jungla, en un camino limpio no por la mano del hombre, sino porque los árboles altos no permiten el crecimiento de la hierba y la maleza.

Por lo espeso de la vegetación al sol no se le ve; tímidamente sus rayos penetran y alcanzan a mostrar el camino, pero lo hace con respeto y consideración al paseante, porque el clima del lugar es cálido, aunque un poco húmedo.

Mientras se avanza, la amenaza de resbalar es permanente, pero aún resbalándose sin control nadie llega más allá de un metro, porque los árboles son miles, a la diestra y siniestra.

La comitiva expedicionaria…

Esta vez al reportero lo acompaña una comitiva compuesta de cuatro autoridades del lugar, entre ellas Agustín Hernández Díaz, presidente del Consejo de Vigilancia, Juan Hernández Pérez (secretario), Salvador Gómez Jiménez (tesorero) y el presidente del Comisariado Ejidal, Domingo Hernández Hernández. Éste, por cierto, resbala en el trayecto, una y otra vez, pero nunca exponiendo su seguridad física.

Mientras, las chicharras se alebrestan y nos acompañan con su trémulo canto, durante toda la travesía, alternándose por grupos, recibiendo así a la visita.

La arboleda…

Las hojas de los árboles caen en miles, muchas lo hacen frente a nosotros, sobre el cabello o el sombrero, luego se deslizan hasta el suelo e inician su conversión en abono natural, en alimento para los grandes árboles de 40, 50 hasta 60 metros.

Los árboles adultos son gruesos, frondosos, fuertes; algunos más, ya entrados en años, quizá en su tercera edad, se ven inclinándose, doblegándose al tiempo, apoyándose en los jóvenes que le sirven de báculo. Los menos aparecen en el suelo, tirados, muertos, pero aún así le siguen dando vida a la vida, a través de los hongos asidos de sus costados, o convirtiéndose en humus y composta.

Ahora el trémulo canto de la chicharra es acompañado del murmullo del río con sus chiflones, toda una invitación a terminar el descenso a la ribera, para tocar las aguas y enjugarse el rostro, para quitarse un poco el sudor o simplemente refrescarse.

Llegando al río Santo Domingo…

Estamos a unos cuantos metros del río y aún cuando la jungla se interpone, se alcanza a ver su colorido diverso, con distintos tonos de azul, distintos tonos de verde, con la blanca espuma, es el río Santo Domingo, bastante joven en esta parte, resoplando sus chiflones, con tanta vida, con tantos peces y cangrejos.

Es realmente un río imponente por lo bello, por lo profundo, por lo fuerte, pero igual es indulgente por lo fresco, y a un solo tiempo asusta con sus remolinos y complace a la vista por sus colores.

Al chapuzón nadie se resiste y de pronto dan ganas de retar a la corriente y, flotando, a la misma profundidad de las aguas, multicolores por cierto, pues se trata de un río diverso, con muchos afluentes, y aquí, exactamente aquí, hacen reunión el río guatemalteco y el mexicano. El contraste de sus colores es evidente, con tonos de azul uno, con tonalidades verdes el otro.

Decenas de cascadas…

Y las cascadas están a la vista, precisamente en el río mexicano, el Santo Domingo, con sus dos altos cerros escoltándolo.

Y, como magia, de ambos cerros brotan otros ríos, grandes chorros con espumas blancas, haciendo más grande y caudaloso al Santo Domingo.

Aún para quien solo camina, sin meterse a las aguas, con sus remansos y pozas, también es disfrutable porque los chiflones azotan a las rocas y aparece la fresca brisa mojando el rostro, la mirada, el alma, mojándolo todo.

Mientras, los peces se asoman, nos miran, saludan con la cola y las aletas, y regresan.

Mágico Chiapas…

De alguna manera aquí se le mira el rostro a Dios, porque tanta grandeza abre paso a una sola certeza: este río, soberbiamente bello, no fue creado para algo simple, sino para decirle al mundo que este pedazo de México es Chiapas y es mágico.

Y de esto dan cuenta las propias peñas, emergiendo entre la arboleda, como testigos discretos, como el nicho de las flores diversas en su especie y sus colores, abrevando y creciendo en la vera, entre los musgos, dándole más color a las aguas, muchas de ellas retozonas y ruidosas.

Las chicharras siguen con su canto, constantes, generosas, aunque a ratos parecen callar; no se sabe de cierto si callan porque se asustan cuando uno se acerca a los grandes chiflones, o éstos hacen callar a las chicharras, apagándole su voz trémula con sus fuertes chiflidos.

Mientras tanto, decenas de cascadas forman gran cantidad de figuras, como cortinas blancas, colas de pavo real, hilos de plata que duran un instante y se renuevan en el otro, o simplemente convirtiéndose en nube e inundando los pulmones, mojando la mirada, aligerando el alma y regalándonos más vida.

Actividades turísticas…

Para el rafting hay magníficas corrientes y rápidos donde navegar con los kayaks. De hecho, aquí puede iniciarse una muy buena aventura, río abajo, avanzando por el mismo río hasta llegar al Embarcadero Jerusalem, Causas Verdes Las Nubes, entre otras maravillas naturales.

Para la práctica del rappel están impresionantes rocas altas, escarpadas, y el imponente cerro Sakchén, de más de mil metros de altura, desde donde se podrán tomar fotografías panorámicas.

Ésta es una belleza de Chiapas, que está a la espera de ser conocida.

Comparte con familiares y amigos para que conozcan esta maravilla natural. Fsur.

 

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