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Mi papi despierta y dice “buenos días, perrhijos, buenos días”, y ahí vamos la Arenita, Whoopie y yo, a darle lengüetadas, por montones.

Destaca la lengua morada de la Chow Chow por su color, pero sólo por eso, no por intensidad de amor.

De amor las tres lenguas están radiantes y exageradas, excedidas.

Papi sabe que soy pequeño y baja su rostro a unos treinta centímetros pero como sigo siendo muy pequeño decido dar unos cuantos brincos para besarle la boca, lengua con lengua.

Él aprieta y esconde sus labios mientras Arenita encuentra dónde poner sus patas delanteras y así comenzar a limpiar la cara de papi, centímetro a centímetro.

Whoopie, mientras tanto, se ha conformado con ese par de lengüetadas moradas y se retira.

El pleito, ahora, es entre Arenita y yo, pues ella se encapricha y no suelta el rostro amado, pero mío, no de ella.

Eso me pone furioso y decido echarle mi peso y la saco de balance, pues “primero en tiempo es primero en derecho”, dicen los abogados.

Y yo llegué a casa un 14 de febrero de 2012 mientras que ella el 20 de mayo del 2013. Más de un año a mi favor y concluyo que todo papi es territorio Wero Valentín.

Pero mientras yo saco mis dedos para contar y determinar mi mayoría de edad y mi legítima propiedad aquella vuelve a colocarse en posición para lamer el rostro de papi y es cuando ya mejor le pego una mordida en el cuello.

Ella, decidida a defender su derecho perruno a la igualdad de género, se avienta al piso para atacar boca arriba.

Ahí acaba el saludo matinal pues Arenita y yo no terminamos de pelear nunca hasta que, de pronto, papi dice las mágicas palabras de ir a desayunar. Fin de la disputa por papi y fin del saludo matinal. Fsur.

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