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A veces pienso que mi papi es mampo.

Va manejando en su coche, voltea, lo veo, me mira y me manda besos.

Ptm. Si yo soy macho y él también. ¿Qué onda?

Yo simplemente lo quedo viendo y muevo mi cola, o ni eso, pues a veces me da sueño, ya que maneja largas horas, conmigo sentado en su lado.

Al menos a mí sólo me da sueño. En cambio a la Keni Morales le da náuseas.

Pero, volviendo al tema, eso de mandarme besos me extraña y preocupa, pues ya mi papi, se supone, ha pasado el peligro de los 41 años. Los rebasó hace diez.

Ja, ja, ja, ja, con razón canta aquella canción de Silvio Rodríguez que dice «Si fuera diez años más joven qué feliz, y qué descamisado el tono de decir, cada palabra desatando un temporal, y enloqueciendo la etiqueta ocasional».

Pero en fin, voltea, me mira, lo veo, me avienta besos y, si estoy de humor, muevo mi cola, si no, me enrollo, junto mi hocico con mi cola, mis patas traseras con las delanteras, agacho mis orejas para ganar calor y me duermo.

Entonces, como ve que no le hago mucho caso, sigue con su música cubana: «Los años son, pues, mi mordaza, oh, mujer, sé demasiado, me convierto en mi saber, quisiera haberte conocido años atrás, y…»

!Zaz!

Madrazo a su carro.

Ha pasado un tope sin precaución. Yo despierto y vuelvo a mirarlo y, con mis ojos, le digo: «papi, ten cuidado, acabas de despertar a tu perro y tú puedes matarte, recuerda que nos quedan trece años de vida, a menos, claro, que Irán Mérida o su esposa Nayeli Abarca, o el alcalde Lucas, manden matarte».

Pero seguimos el viaje.

Y, para evitar caer al piso de su carro mejor me acurruco en sus piernas y es entonces que él se desquita y me dice: «El mampo es otro».

Ja, ja, ja, ja,

Ni él ni yo somos jotos. Somos papi y perro y, como tales, debemos estar juntos. Él para cuidarme, yo para darle amor y cuidarlo. O cuidar su celular, su maleta de estudiante, o su gorra o sombrero, sus pertenencias. Todo lo que lleve su olor es mi territorio.

El coche también forma parte de mi espacio. Por eso a diario dejo mi marca en sus llantas, las traseras, que mojo a diario con mis agüitas amarillas.

En él sigo escuchando a un Silvio Rodríguez desafinado y viejo.

«Para empuñar la alevosía y el candor y saber olvidar mejor…” Fsur.

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